Hoy aprendí de lealtad, hacia otros, pero también la más difícil, la lealtad a uno mismo. Aprendí que por mucho que quieras amar a alguien, y por mucho que te deslumbre su belleza, y admires su historia o anheles la vida que imaginas a su lado, no puedes convertirte de la noche a la mañana en alguien que no eres. Puedes crecer, cambiar, sanar y evolucionar, pero los cambios reales tienen raíces profundas y sobre todo requieren tiempo y sinceridad. Todo lo demás es fingido, un tonto engaño que te cuentas mientras tu sombra se ríe mirándote al espejo y tarde o temprano se rompe el reflejo por la desfachatez y el descaro, cuando sabe que sólo buscas algo de consuelo.
Aprendí que traicionarse a uno mismo siempre va a ser una gran tragedia. A veces tu razón dice SI pero tu corazón susurra NO. Prometer cosas que todavía no puedes sostener es como intentar crear historias bellas mientras el camino es un lodazal con escombros abandonados de ti mismo.
La vida tiene una forma jocosa de corregirnos cuando insistimos en ignorar lo que sabemos en el fondo, llega asustada a darnos una cachetada por miedo a creer que morimos, o nos traicionamos o creemos que despertarnos. Y duele, duele tanto porque rompe nuestras ilusiones y también las que has creado en el otro, como cuando rompes una pintura hecha por tu misma, porque duele confrontarnos contra nuestro verdadero deseo. Porque te obliga a mirar de frente aquello que te avergüenza y es tu escencia.
También aprendí que el mundo está lleno de personas extraordinarias, que llegan y te despiertan partes dormidas del alma. Personas que te hacen creer otra vez, en la ternura, en la esperanza y en ti sobre todo. Pero eso no significa que esos caminos estén unidos y más bien son encuentros para transformarte, y enseñarte todo lo que no tienes y quizás tampoco es verdad que quieras aunque lo anheles.
Y quizá la lección más importante de todas es siempre confiar en mi instinto, en qué no se puede callar a esa voz de la consciencia aún cuando intentes silenciarla. Esa voz habla sobre el deseo que no quiere ver y aunque parezcan susurros se sabe que son gritos y nunca miente. El instinto está lleno de razón.
Hoy me llevo el corazón un poco más roto, pero también agradecido y sobre todo más mío. Y eso, aunque duela, también es una forma de libertad y llevar nuestra vida en coherencia de nuestra libertad es un gran coraje.